Hay que dejar de ser productivos para empezar a ser útiles.




La era industrial y el modo de vida capitalista, nos programó para ser productivos. Androides humanos cumpliendo una jornada laboral en un trabajo que es más importante que su propia familia, ya que de él depende la supervivencia, en el que al acabar la jornada se lleva al hogar todos los problemas que ese trabajo le ocasiona, siendo tema de conversación en la mesa, y en el tiempo de ocio, produciendo y trabajando incluso en sueños.

Producir y consumir es el mantra de esta sociedad, es el equilibrio de una dualidad asumida de forma inconsciente, en el cual solo hay que responsabilizarse de su trabajo, obviando todas las demás ocupaciones a terceros, los cuales ocuparan el rol familiar como una parte más de la producción laboral, con lo cual, nos encontramos con la parte fundamental por la cual  la fragmentación social y la fragmentación familiar forman parte de esa normalidad vital asumida por todos. Mama salió de casa para ser liberada como mujer, convirtiéndose en una esclava como Papa, delegando el cariño y el tiempo familiar al sistema.

Hoy día casi todas las personas tienen el rol productivo de la era industrial tan integrado en su ser que cualquier planteamiento alternativo a este sistema, es un anatema. No solo les es imposible imaginar algo distinto sino que lo rechazan, piensan que el simple hecho de plantearlo, pone en riesgo su estabilidad mental y emocional.

Planteamientos como el trabajar sin remuneración, vivir sin necesidad de dinero, y compartir todo en comunidad, les provoca un estado de desasosiego y ansiedad que cortan de forma radical cualquier debate porque su mentalidad de esclavo traumatizado no les permite ver los barrotes de su propia prisión.

El salario siempre ha sido la remuneración del esclavo, aquel al que privaron de todo privilegio y compensaban con un poco de sal. Hoy día no solo no es distinto sino que es peor. La sal fue sustituida por dinero imaginario, o como mucho, trozos de papel los cuales no nos pertenecen. Según cobramos los salarios, ese dinero es revertido inmediatamente en bienes y servicios que pertenecen a los mismos que nos esclavizan, por lo tanto, el dinero (salario) nunca estuvo en nuestro poder.

Producimos aquello que consumimos en un círculo vicioso, como la pescadilla que se muerde la cola, como el hámster que corre en la rueda, comemos lo regurgitado en un sinfín. Nos dejamos la vida y las energías inútilmente en una labor que no nos beneficia, ni nos aporta nada, es más, somos infelices gracias a ello.

La incertidumbre nos acucia aún más cuando ese sistema no nos garantiza la capacidad de servir para aquello que nos programó, y tampoco nos garantiza cubrir nuestras más mínimas necesidades, cuando ya no seamos productivos.

Así que con la crisis sistémica se ponen en marcha la agenda eugenésica, programándonos para aceptar que sobramos, y que debemos aceptar que el sistema nos elimine, por lo tanto aceptado que la culpa es nuestra y nuestra la responsabilidad. Acogiendo deportivamente los recorte sociales y las derogaciones de leyes que garantizaban un mínimo de estabilidad a los más desfavorecidos.





El futuro se perfila de una forma muy distinta, llegan vientos apocalípticos de cambios bruscos que borren del mapa esta esclavitud que impera desde miles de años, es algo que desde lo más profundo de nuestro Ser es reclamado con insistencia desde hace siglos. Nada es eterno y nada perdura eternamente. Bajo nuestra escasa percepción del tiempo, y desde nuestra amnesia, todo parece quedar inalterable, todo parece que se alarga, y la agonía nunca acaba, pero irremediablemente todo llega a su fin, y este sistema no se escapa.

Conocemos perfectamente como es un sistema esclavo, pero nos es muy difícil imaginar cómo sería nuestra vida en libertad. Sin cargas de ningún tipo, sin deudas, sin tener que producir, y sin ninguna necesidad artificial de consumir.  La única alternativa que se nos puede venir a la mente es una vida cercana a la de una tribu primitiva, sin electricidad y cazando para sobrevivir. Aunque parezca ridículo es lo primero que argumentan aquellos que defienden el sistema, que salirse de él, es volver al estado cavernario.

Ninguna sociedad que tenga en mente evolucionar, necesita dinero y una clase trabajadora esclava, ninguna sociedad que pretenda atravesar fronteras galácticas, puede tener un sistema de clases y una élite que omita el conocimiento y la verdad. El modelo productivo del sistema capitalista es incompatible en una sociedad que pretenda dar un paso hacia adelante en su propia evolución, para ello sus gentes han de eliminar de sus mentes su modo de vida esclavo programado.

Es momento de empezar a pensar en ser útiles en vez de pensar en ser productivos, la sociedad que viene no necesita mano de obra esclava, si no hombres y mujeres que aporten, que sumen, y que ayuden a construir una sociedad en el que la convivencia pacífica sea una realidad, y el bien común su meta. Una sociedad que respete la individualidad y trabaje en colectividad, con un modelo de familia natural, pleno de conocimiento, y con la verdad por bandera. Una sociedad global en que trabajar y colaborar en un crecimiento en conjunto, donde todos importan, todos tienen su sitio y nadie es más que nadie.

Tenemos que empezar a trascender el modelo productivo, y desprogramar nuestra mente de todas esas necesidades impuestas, dejar de consumir inútilmente y gastar nuestras energías en cosas que no aportan nada a nuestro crecimiento. Nuestra energía es muy valiosa para malgastarla en propósitos ajenos al bien común, propósitos que nos alejan de nuestro crecimiento como pueblo, de nuestro avance como civilización, y nuestro crecimiento como Seres conscientes.

Hay que empezar a enseñar a las nuevas generaciones a colaborar y no a depredar, a compartir y no a competir, a dar y no solo a recibir, a responsabilizarse y no a delegar en otros. Hay que empezar a sentar las bases en nuestros hijos, para no programarlos para ser futuros esclavos, prepararles para una vida en libertad, en el que esa libertad se genera con un trabajo en conjunto pensando en todos los demás como en una parte más de uno mismo.

Enseñarles a obviar las etiquetas que los divide, y formar un sistema económico basado en el esfuerzo, la responsabilidad y el respeto. Pensando en que podemos aportar, en que podemos colaborar, como podemos contribuir, para que el avance sea seguro y firme, sin retroceso, rencores, ni rencillas.

Un futuro sin corporaciones, naciones, religiones, propiedad privada, patentes, burocracia, corrupción, mentiras, secretos…

Enseña a tus hijos a amar y no a odiar, para que tengan un mundo sin cadenas.







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